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Mateu Cabot
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Delirio

Mirar la gorgona cara a cara, Remo Bodei sobre el delirio.

¿A que debemos atribuir la aparición del delirio -con el consiguiente dereglement des passions y la ceguera del intelecto-, a una 'inseguridad ontológica' o a un sufrimiento insoportable? En contra de la psiquiatría existencial y dramática, al estilo de Binswanger, hoy se tiende a subrayar dos hechos: la 'inexistencia de pruebas capaces de demostrar que los esquizofrénicos sean, antes de la aparición de la psicosis, más inseguros en el plano ontológico que otras personas'; y que la confusa organización del sistema lógico-afectivo no siempre depende directamente de traumas manifiestos.

Con todo, aquellos acontecimientos banales o fantasías cuya intensidad supere cierto umbral pueden abrir las puertas a la psicosis. Lo que para otros puede parecer insignificante produce a menudo efectos catastróficos en la vida de un determinado individuo. Como en el caso de la ira, también en el delirio un episodio actual puede aglutinar situaciones, sentimientos y pensamientos pertenecientes a otras épocas de la vida, y todo ello junto produce en el individuo la intensa sensación de hallarse fuera de lugar en este mundo, señalado con el dedo y espiado, o, por el contrario, la convicción de gozar de una inmensa y luminosa superioridad sobre los demás. La formación de la línea de ruptura que conduce al alejamiento de la realidad común varia de una persona a otra, y lo mismo puede decirse del grado de vulnerabilidad (cfr. Stanghellini, pags. 19 y ss.). Como en la fusión de los metales, el paso de las pasiones o de los pensamientos normales a la alucinación y el delirio ocurre a determinadas temperaturas psíquicas, siempre dentro de una gama individual.

En su trivialidad y su extravagancia, el delirio pone al descubierto la fragilidad de la experiencia personal, fundamentada en supuestos no consolidados, no analizados o simplemente olvidados. Nos fiamos demasiado de esos pernos invisibles en torno a los cuales hemos hecho girar automáticamente vida y pensamiento, hasta que se desquician, arrastrando en su caída la confianza que teníamos en nosotros mismos y en los demás. En el delirio nos parece que las personas más importantes para nosotros nos traicionan, nos abandonan, nos persiguen o nos espían. Para afrontar la conjura, el Yo malgasta sus energías en luchar contra molinos de viento o en tratar de agigantarse, pero en ambos casos atenta contra el principio de realidad y sigue con pocas dudas e inhibiciones el despenadero del deseo de omnipotencia, que lo atemoriza y lo exalta al mismo tiempo. Casi todos nosotros lo hemos reprimido a costa de duras luchas, pero -en la dificultad o a falta de testigos-, ¿quién no desearía recurrir a él para dar un rodeo retroactivo a los desafíos y los callejones sin salida de la existencia y proceder hacia delante sin impedimentos, dolores o peligros? ¿Quién no desearía en ciertos momentos ser reconocido o amado incondicionalmente por otros, aun conociendo el carácter no realista, infantil y regresivo de semejante pretensión?

La desierta soledad polar en la que se recluye el delirante, sin más compañía que sus fantasmas de persecución, celos o grandeza; las voces y las visiones; los estereotipos motores; las anomalías en la conceptualización y el razonamiento; los complejos de culpa, de vergüenza o de vacío; la sospecha o el ímpetu charlatán; la ruina, la pérdida, el alejamiento o apartamiento de aquel que se ama; todo lo aleja del sendero común de la experiencia. El delirio es perturbador y temible porque amenaza y pone en discusión de un modo escandaloso el mundo de cada cual en su presunta obviedad.

'Obvio' (obvius) se dice, etimológicamente, de aquella cosa o persona que se encuentra en la vía, es decir que resulta accesible o está a mano. El término alude al acto de tomar o continuar un camino no obstruido, transitable, en dirección hacia lo que se conoce o se puede reconocer con facilidad, porque no se esconde. Lo importante suele ser obvio, pero lo obvio queda oculto por su propia luz; igual que la evidencia, parece deslumbrante y excesivo porque se reclama para sancionar el compromiso entre lo comprensible y lo incomprensible, para montar guardia ante lo cotidiano, para impedir derrotas masivas en la 'zona gris' que lo separa de la locura.

La obviedad sella un pacto que conviene a todos y que se rompe difícilmente. Moverse a gusto en las vastas regiones de la realidad, plagadas de dudas y problemas, es una ventaja a la que se renuncia de mala gana. Cuando se quiere expresar algo, no se puede evitar presuponer tácitamente otros miles de cosas o depositar la confianza en premisas que ni hemos verificado ni podemos verificar. Nadie está capacitado para realizar todas las comprobaciones que serían necesarias. Y si, por hipótesis, alguien probase a desacreditar o destruir la fe en lo obvio, la empresa acabaría por demostrarse completamente inútil. Ni siquiera la duda radical e 'hiperbólica' de Descartes, como evidencia el ataque a las Meditaciones, se puede aplicar de un modo sistemático; sólo tiene lugar una vez en la vida, semel in vita, cuando la mente alcanza el zenit de su madurez. Es posible que para sentir el impulso de buscar más allá de lo obvio se necesite haber sido expulsado previamente o haberse alejado de un modo voluntario, volando los puentes que nos unen a esa tendencia. Por tanto, las preguntas sobre el delirio podrían invertirse fructuosamente en estos términos, ¿cómo hemos adquirido la familiaridad con el mundo? ¿A través de qué caminos ha llegado a resultarnos conocido y evidente?

El delirio representa una alternativa a la obviedad de situaciones subjetivamente insoportables, un mal menor respecto al vacío irrepresentable que sin embargo se presenta amenazante en la modalidad paradójica de la ausencia; una rebelión de quien ya nada bueno espera de la vida; un remedio contra la insensatez y la destrucción que nos amenaza. Constituye una defensa contra la angustia del terror que se oculta con frecuencia tras los detalles más insignificantes: ¿En la locura se manifiesta a veces ese aspecto de la realidad que el hombre no debe ver si quiere conservarse cuerdo? (Burckhardt, en Borgna, 1995, pág. 38).

Pero en la medida en que sale de la vía de la obviedad y persigue con fanática determinación sus objetivos, también cabe la posibilidad de que el delirio no produzca pensamientos anormales. En ciertos aspectos limitados puede acompañar incluso a la lógica del descubrimiento científico; en el momento en que las anomalías de una teoría son tales que ya no pueden enmendarse con simples ajustes locales o adhoc, el investigador creativo se aventura por un camino ignorado, procediendo a tientas, delirando y abandonando los surcos ya trazados. Sólo cuando por fin encuentra la solución a los problemas -incluso rechazando con testarudez las evidencias aparentes que niegan su hipótesis- puede comprender e integrar la insatisfactoria teoría de partida en la nueva, como un caso particular de ésta. Por tanto, la lógica de la fantasía puede representar una ayuda en la indagación de lo nuevo, tanto para el científico como para el delirante. Existen, sin embargo, dos diferencias esenciales. El primero no suele depositar en la investigación todo el pathos dramático de quien reconstruye un mundo entero, por eso puede tolerar los posibles fallos; el segundo no es capaz de mantener la distancia suficiente respecto a sus construcciones y cree en ellas sin reservas, ya que constituyen su única tabla de salvación y le ofrecen una sensación de verdad luminosa e irrefutable que lo libera de la angustia.

Es probable que muchos de nosotros acabáramos por delirar si siguiéramos hasta el fondo los 'pensamientos deslizantes', aquellos que partiendo de lo obvio corren el peligro de precipitarse por la irrefrenable pendiente que conduce al abismo, obligándonos a tomar en serio ideas y pasiones en las que, por lo general, evitamos sumergirnos incondicionalmente (lo inexplicable y gratuito de la existencia; la melancolía de la caducidad, de la acción destructiva del tiempo y de la muerte). Si afrontásemos en toda su radicalidad el interrogante de Ellen West "¿Por qué anhelamos, por qué vivimos, solo para marchitarnos, olvidados al poco tiempo, en la fría tierra?" (Binswanger, 1973, pág. 59) es probable que la respuesta predominante fuera la desesperación.

La misma suerte, aunque por el camino opuesto, nos esperaría si siguiéramos hasta el final los 'pensamientos ascendentes', aquellos que se elevan vertiginosamente hacia lo alto, secundando la incontrastada infinitud del deseo, la aspiración ilimitada hacia lo infinito y lo amorfo. El movimiento de fuga hacia el cielo dejaría el ánimo sin sostén, suspendido en el aire, cernido sobre el precipicio. En ambos casos, el esfuerzo por comprender hunde en el delirio las paredes de las categorías y la rígida secuencia de los razonamientos, englobando e intercalando lo que no pertenece a la correcta formación de los conceptos y a la argumentación ordenada: se yerra por exceso, se desciende o se asciende demasiado, se de-lira.

Por suerte para nosotros, solemos eludir el precipicio o la rápida ascensión hacia tales pensamientos o fantasías. El precio que pagamos puede ser, según el caso, razonable o elevado. El remedio más barato (y también el más difundido) es no detenerse ni mucho ni muy profundamente en sus implicaciones, confiar en una rutina consolidada, aprovechar la buena suerte y recurrir al bálsamo del olvido. El más caro, aunque también el más 'noble' y el más eficaz, consiste en darse cuenta de los límites inevitables de nuestra situación y hacer de ella el mejor uso, esforzándonos por dar algún sentido a nuestra existencia. ¿Cómo? Reflexionando, por ejemplo, sobre el hecho de que la caducidad hace más caro y más precioso cualquier bien (cfr. V, pág. 174); que si el tiempo muere -mientras vivimos- también renace para nosotros a cada instante; que la realidad es digna de ser experimentada, conocida y amada; que la existencia nos reserva también alegrías y afectos; que incluso puede resultar hermoso morir como huéspedes saciados de la vida o cayendo como una 'aceituna madura', capaz de bendecir, agradecida, "el árbol que la ha producido" (Marco Aurelio, IV, pág. 48).

Excelentes razones, sin duda. Pero, ¿sirven de algo frente a las tempestades y naufragios de la existencia; frente a los golpes de la suerte y los apremios extenuantes que asaltan a los individuos desprovistos de unas estructuras cognitivo-afectivas sólidas? ¿Bastan para mantener dentro de la comunidad a unas personas cuerdas habituadas a vagar extra moenia, más allá de las fronteras de lo obvio y de las convenciones, que acaban por tirar la toalla y por no tolerar más (como Hölderlin o van Gogh) la propia sobreabundancia de su sentir y su pensar, o de su imaginación?

Para la mayoría de nosotros la necesidad de establecer contacto de un modo no traumarico con los pensamientos y los afectos abisales (los objetos inagotables del Régimen I) se satisface periódicamente gracias a los sueños y la religión y, en menor medida, a una inmersión controlada en la theia mania, el 'divino delirio' platónico de la poesía y el arte en general. La sublimación estética convierte estos pensamientos y afectos en algo cercano y poco peligroso, porque el viaje de regreso a la normalidad no sólo está garantizado, sino que se acompaña de un refuerzo de las defensas psíquicas. En el caso de la tragedia, además del placer estético, hay casi un ex voto por haber escapado de un peligro que en la vida real nos llenaría de temor y repulsión. Por eso nos conmovemos, mientras nos hallarnos protegidos, ante un pasaje como el siguiente: "¡Oh, Dios, si se pudiese leer el libro del Destino y ver las revoluciones de los tiempos, unas veces allanar las montañas y disolver en el mar el continente, fatigado de su sólida firmeza! ¡Si se pudiese ver cómo las circunstancias se burlan de nosotros y de qué licores diferentes las vicisitudes de las cosas llenan la copa de la móvil fortuna! ¡Oh, si esto se viera, el joven más afortunado, al descubrir el viaje que le es preciso hacer, sus peligros probables sus penalidades en perspectiva, querría cerrar el libro, sentarse y morir! (Shakespeare, Enrique IV, II parte, acto III, trad Luis Astrana Marín). O nos recorre un escalofrío al leer los versos de Hugo von Hofmannsthal sobre la caducidad de los días: "Un abismo nos separa, siete horas, / y para siempre ese ayer se ha disuelto" (Hofmannsthal, pág. 149, y Bohrer, pág. 25). Finalmente, nos perturba Leopardi cuando el 11 de febrero de 1821 observa en el Zibaldone: "El horror y el temor que siente el hombre, por una parte, de la nada, y por otra, de lo eterno, se manifiesta en todas partes, y ese nunca más no se puede oír sin una cierta impresión".

En vez de persuadir al enfermo de lo absurdo de su delirio, manifestando las incoherencias y la falsedad de las pruebas, una racionalidad más amplia, que reconozca la riqueza y la complejidad de cada individuo, que haya sondeado la variedad de las experiencias humanas, que sea sensible a sus fracasos, que acepte la existencia de lo ignoto y de los discursos alusivos a ello y que sepa "mirar de frente a lo negativo y detenerse a su lado" (Hegel, 1963, I, pág. 26), tendría que reconstruir el núcleo de verdad del delirio a través de las deformaciones que experimentan los esquemas lógico-afectivos normales. Y tendría que indicar quién debe ocuparse profesionalmente de aprovechar los resultados que se obtienen de vez en cuando, provisionales y rectificables, para volver a unir -quizá por líneas interiores, movilizando los recursos del sujeto y sin forzarle- una historia inconexa. Por eso, comprender el delirio en el plano teórico significa, indisolublemente, dotarlo de historia y transformarlo según la biografía de cada cual, contrastándolo dentro de una contraintuitiva pero realísima 'ley individual', del sistema de reglas que se manifiesta en cada persona (cfr. Simmel).

Por otra parte, el delirio, cuando se descarga, puede desembocar espontáneamente en la curación con mayor frecuencia de lo que suele creerse. En efecto, "el esquizofrénico no sólo tiende a producir el estado delirante, sino también a desestructurarlo, puesto que en él operan dos series de mecanismos: los que lo conducen a recuperar, a través de las construcciones delirantes y alucinatorias, el mundo perdido por efecto de la desinversión libídica, y los que lo conducen a anular o modificar de un modo sustancial las producciones psicopatológicas delirantes o alucinatorias" (Zapparoli, pág. 97, y cfr. pág. 35). Por otra parte, el delirio se manifiesta como el síntoma de una enfermedad, pero también -y al mismo tiempo- como intento paradójico de reconstrucción de la integridad psíquica en un mundo habitable. Desde ese punto de vista se parece a la fiebre; es decir, se trata de una reacción positiva ante la ruptura de un equilibrio: "La formación delirante que consideramos producto de la enfermedad es en realidad un intento de curación" (PBFP, pág. 396).

Mirar a la Gorgona cara a cara significa para el enfermo tener la fuerza de continuar su delirio con otros medios, de transformar en política la guerra civil del alma mediante negociaciones consigo mismo, pero reivindicando también las razones que lo han impulsado a chocar con el mundo cargado de violencia ('real' o simbólica) que le ha producido esas heridas. De ahí que muchos psiquiatras no quieran separar la experiencia psicótica de la normal, respeten la protesta del paciente contra la imposibilidad de vivir su situación, acojan "el trabajo subjetivo que se produce en el delirio" y presten "oídos benévolos" a las vicisitudes de su vagar, dejándole "la posibilidad de elaborar una solución original" (Maleval, I, pág. 197). Aun no compartiendo por completo las afirmaciones de un delirante genial ("Nous n'admettons pas qu'on entrave le libre développement du delire, aussi legitime, aussi logique que toute autre succession d'idées et d'actes humains" ["No admitimos que se ponga trabas al libre desarrollo del delirio, tan legíimo y tan lógico como cualquier otra sucesión de ideas y de actos humanos"], Artaud, pág. 267), no creo que debamos colonizar el delirio superponiéndole una racionalidad ajena. Hay que dejarlo hablar en su propia lengua todo lo posible. La razón expansiva y hospitalaria no se enfrenta aquí a un antagonista extraño, sino a unas conmociones idénticas a las suyas. Acepta la audaz posibilidad de fracaso con la que cada cual (como animal delirante, además de racional) trata de llenar las lagunas de la experiencia. Pero reconoce, en sentido amplio, que a veces delira -partiendo de prejuicios, estados pasionales o fragmentos de información-, que traspasa lo empírica y 'lógicamente' demostrable y construye, sin darse cuenta, castillos inconsistentes de conjeturas que llega a creer. Esa misma razón sabe, no obstante, que si, por temor, prefiere las técnicas de embotamiento que con tanta ironía sugiere Montaigne está condenada a la idiotez".

Remo BODEI:
Las lógicas del delirio (razón, afectos, locura)
Cátedra, Madrid 2001
pp. 110-118