René Descartes (1596-1650) está considerado como el primer pensador de la época moderna. Su figura y su pensamiento se ha tomado como el símbolo de la nueva época que nace en Europa en el siglo XVII y que nace afirmando sus diferencias con la Edad Media tanto en lo que se refiere al contenido como a la forma de pensar. No en vano el gran filósofo Hegel, inmerso en pleno siglo XIX, cuando debe historiar la larga marcha de la filosofía, afirma: "Aquí [en Descartes], ya podemos sentirnos en nuestra casa y gritar, al fin, como el navegante después de una larga y azarosa travesía por turbulentos mares: ¡tierra!. Con Descartes comienza en efecto, verdaderamente la cultura de los tiempos modernos".
Descartes es el padre del racionalismo moderno, el pensamiento que avanza admitiendo sólo aquello que se "ve" con la luz del intelecto, que puede concebirse de forma clara y distinta, según su misma expresión. El Discurso del método, una de sus obras cruciales, se inicia con el ejercicio de la duda metódica, esto es, del método consistente en poner en duda todo aquello que, examinado por la razón, no aparece al finalfile:///home/mateu/WEB%20MATEUCABOT.NET/alba6_descartes.html de forma clara y distinta, que no tiene, por tanto, otro fundamento que la razón, rechazándose así los pensamientos basados únicamente en la costumbre, en los prejuicios o en una autoridad no probada.
El ejercicio de este método conduce a la verdad primera, condensada en aquella frase que desde entonces se ha repetido innumerables veces: "Pienso, luego existo". Esto es, la afirmación de la propia realidad pensante como una verdad de la que no caben dudas y que actúa como el fundamento de todo un edificio de pensamientos que de esta forma puede construirse sobre terreno firme. A partir de este punto Descartes tomará el saber matemático como el ideal de todo saber (gracias a su exactitud, claridad e inmutabilidad), rechazará los sentidos como origen del conocimiento debido a los engaños que repetidamente producen y se adentrará en el terreno de dar una visión nueva del hombre y de la realidad, visión que impregna aún profundamente la cultura contemporánea.
El problema que se le planteará de forma más urgente será el de la relación entre el intelecto humano, que ya ha demostrado como capaz de verdad, y la realidad existente fuera del intelecto, esto es, el propio cuerpo, los otros individuos, el mundo en general. De su sistema se deriva en primer término un dualismo (espíritu-cuerpo) que, en la tradición del cristianismo, ha resultado dominante en el pensamiento moderno hasta el punto que está presente en todo momento en el sentido común cotidiano en forma de múltiples antítesis: cuerpo-alma, materia-espíritu, cerebro-mente, material-espiritual, etc. Resolver el problema de cómo explicar, a partir de su teoría, todo aquello que es exterior al yo pensante, la existencia de otras personas y de un mundo común, y también de las pasiones, concebidas, en este momento, como ajenas a la razón, se convierte en la prueba de fuego para él de su pensamiento.
Este es el trasfondo de la correspondencia entre Descartes y la princesa Isabel de Bohemia. Esta correspondencia está dedicada fundamentalmente al tema de la unión del alma y del cuerpo en el sentido dicho anterioremente. Isabel de Bohemia (1618-1680) era hija de Federico V, elector palatino y rey de Bohemia. En las convulsiones y guerras que asolaron Europa durante la primera mitad del siglo XVII Isabel se refugió en La Haya con su madre y entró en relación con Descartes y otros intelectuales también refugiados en aquella ciudad, en aquél momento el único lugar de asilo para librepensadores. Posteriormente se retiró al monasterio luterano de Herford (1661), donde fundó una especie de academia, que fue la primera escuela cartesiana.
Con Isabel de Bohemia el pensador francés va a discutir su sistema filosófico, pero muy especialmente lo que atañe a la racionalización de la moral, cuestión íntimamente relacionada con la posibilidad de tratar racionalmente de las pasiones, esto es, de la acción humana. Isabel de Bohemia se convirtió en un interlocutor privilegiado de Descartes, con la que tuvo ocasión de poner en práctica lo que era un lema de la nueva filosofía moderna, a saber, que contra la erudición de siglos anteriores la filosofía pudiera ser entendida fuera del círculo de los doctos, apelando a la luz natural que ilumina la mente de todos los hombres. Las cartas, además de servir para refinar los propios pensamientos ante las cuestiones teóricas que plantea el interlocutor, son el medio literario empleado en este momento histórico para propagar las nuevas ideas, para hacerlas llegar a un público selecto pero cada vez más amplio.
Isabel de Bohemia reunía las condiciones para ser un magnífico interlocutor, y a ella no sólo irán dirigidas las cartas de esta correspondencia, en las que la princesa, con un certero sentido teórico, llama la atención sobre graves dificultades del sistema cartesiano, sino que en 1644 Descartes le dedicará su obra Los principios de la filosofía y para ella escribirá en 1649 el tratado sobre Las pasiones del alma.
La correspondencia completa entre Descartes y la princesa Isabel de Bohemia se completa con las cartas que el pensador francés escribió desde 1646 hasta poco antes de su muerte a Hector-Pierre Chanut, diplomático francés en Suecia, donde fue embajador, y a la reina Cristina de Suecia, cartas que inciden en las mismas cuestiones planteadas en la correspondencia con Isabel de Bohemia y que, por la personalidad de sus destinatarios, permiten recrear el momento histórico-cultural en el que se gestaban las ideas de la nueva época europea.