LOU ANDREAS-SALOMÉ


Louise von Salomé conoció a Nietzsche en abril de 1882 en Roma. Tenía 21 años de edad. Hija de un general ruso de ascendencia alemana, será más conocida como Lou Andreas-Salomé, adoptando el apellido de su marido, el lingüista Carl Friedrich Andreas. En 1894 publicó en Viena su texto Friedrich Nietzsche en sus obras.  En 1951 se publicó póstumamente (había fallecido en 1937) su autobiografía: Mirada retrospectiva, obra de gran repercusión y base del guión de la película Al di là del bene e del male (1977), de Liliana Cavani. El texto de 1894, primer texto explicativo sobre la evolución del filósofo, se reeditó en 1994 en Insel Verlag (Frankfurt) de la mano de Ernst Pfeiffer, albacea literario de la autora. En el 2005 Luis Fernando Moreno Claros lo editó en castellano en la editorial Minúscula de Barcelona.

Al margen de la historia de la recepción de la obra de Nietzsche, incluso del estado actual de la Nietzschesforschung, el texto tiene un interés muy especial, incluso a pesar de alguno de los planteos metodológicos que lo animan. Ser testigo directo, e incluso partícipe, del proceso de reflexión, análisis, argumentación, replanteamiento, de lo que es una obra filosófica no convierte a nadie en albacea o guardián de la verdad de aquel pensamiento, pero sí es razón suficiente para considerar las reflexiones de quien así ha participado como, cuando menos, significativas. En definitiva: como un texto que debe ser leído como cualquier otro texto: con paciencia y pulcritud. Salvando enormes distancias como las existentes realmente, la figura de Lou Andreas-Salomé respecto del pensamiento de Nietzsche me recuerda a la de otra joven aristócrata respecto a otro filósofo reservado. Me refiero a la princesa Elisabeth de Bohemia en su relación con René Descartes, tal como puede leerse en la edición de su correspondencia [1]. Las similitudes, sin embargo, terminan pronto en cuanto nos alejamos de la personalidad de la participante femenina.

Lou Andreas-Salomé incide, desde el lema del primer apartado del libro, en la indisolubilidad entre biografía y pensamiento [“Saber y ser fueron siempre uno e idénticos para su espíritu singular” (pág. 129)]. El progresivo vaciamiento de su biografía, de su vida exterior (hasta conducir a la soledad absoluta y más allá, la perdición del principio individualizador), conduce a la (¿progresiva?) soberanía del pensar sobre aquello que se considera “real”, hasta el punto de crear lo “real”, en cuanto materia del pensar. “En ningún otro espíritu como en el de Nietzsche podría transformarse lo que simplemente había sido pensado en algo tan plenamente vivo y real; y es que a ninguna otra vida le importó tanto crear en el ámbito del pensamiento, y ello desde su propia intimidad humana. Sus pensamientos no se distancian de la vida real y sus acontecimientos, tal como suele ocurrir en estos casos: en realidad, ellos constituían el verdadero y único acontecimiento vital de este solitario” (pág. 183).

Cita el parágrafo 513 de la primera parte de Humano, demasiado humano: “Por mucho que el hombre se extienda con su conocimiento, por muy objetivo que le parezca que es él mismo, al final, lo único que obtiene de ello es su propia biografía.” La clara distinción entre “exterior” e “interior”, o entre “pensamientos” y “acciones”, se desvanece. Esto sucederá con la biografía de cualquier pensador, pues los pensamientos no se tienen más que en un sentido muy laxo del verbo.  Mucho más en la de aquellos en que sus obras (acciones) son sus pensamientos, en los que, por otra parte, el relato de su “vida exterior” no ocuparía más que unas pocas páginas o en los que el relato de los acontecimientos de “su vida” no es más que el relato de los esfuerzos e inconvenientes para que hubiera “una vida”. En este último caso los relatos giran en torno, en ocasiones casi exclusivamente, a la experiencia de la enfermedad, no de “estar enfermo”, sino de “ser (un) enfermo”.

“Si la tarea del biógrafo consiste principalmente en interpretar al pensador a través del hombre, ello es aplicable en enorme e inusual proporción a Nietzsche, pues en ningún otro caso coinciden tan completamente en uno solo el espíritu externo de la obra y el retrato interior de la vida” (pág. 53). Este es la hipótesis metodológica inicial que guía todo el libro, recalcada más aún si cabe con la cita del parágrafo 6 de Más allá del bien y del mal: “Poco a poco se me ha ido revelando lo que hasta ahora fue toda gran filosofía: a saber, la confesión de su autor y una especie de mémoires involuntarias e inadvertidas”. Bordeando lo que podría llamarse “psicologismo” (esto es: explicar cualquier factum por su genealogía o causa psíquica), para Lou Andreas-Salomé, cuando se trataba de explicar a Nietzsche, “se trataba en definitiva de exponer los rasgos principales de la singularidad espiritual de Nietzsche, aquellos a partir de los cuales solo se podrá comprender su filosofía y la evolución de esta” (pág. 54). Pretende así la autora sintetizar en un solo cuadro lo que muy a menudo se presenta como excluyente: la vida pública y la vida privada, los pensamientos. Sólo con esta síntesis podrá indagarse en el núcleo nietzscheano. Si sólo se examina su papel de teórico del pensamiento, entonces no se llega a alcanzar el núcleo del mismo, “porque el valor de sus pensamientos no radica en su originalidad teórica, no en eso que puede fundamentarse o refutarse de forma dialéctica, sino absolutamente en la violencia íntima con la que, en sus obras, una personalidad habla en cuanto personalidad” (pág. 55). De igual modo, quien parta de las vivencias exteriores del pensador al final no alcanza sino “una cáscara vacía de la que se ha esfumado el espíritu”. Todo ello lo resume en dos líneas: “Este retrato es lo que aquí trato de plasmar: la experiencia del pensamiento en su significado para el espíritu de Nietzsche, la confesión de sí mismo en su filosofía.” (pág. 56). Más adelante entrevemos una explicación de estas líneas: “Se vio obligado por su estado de salud a tomarse a sí mismo como la materia de sus pensamientos, a poner su propio yo como fundamento de su imagen del mundo y a tejer esta desde su propia interioridad” (pág. 147).

Desde esta perspectiva destacan entonces algunos episodios fundamentales, algunas ideas que ejercen de nudos en la constelación de pensamientos nietzscheanos. No ya como principios últimos a partir de los cuales desarrollar deductivamente todo el sistema, sino como polos en torno a los cuales se aglutinan (se fortalecen, por tanto) racimos de pensamientos, de distintas formas y colores.

El primero destacado es el de la “muerte de Dios”. A este estará conectado de cerca el segundo nudo destacado: “el superhombre”. El primero está magníficamente presentado en el fragmento 125 de La gaya ciencia, titulado “El loco”. La conexión hacia el segundo la encuentra Lou Andreas-Salomé en palabras como las del final de Zaratustra I: “Muertos están todos los dioses, ¡ahora queremos que viva el superhombre!”. Así escribe:

La nostalgia de Dios engendrará, en su tormento, un apremiante anhelo de una creación-de-Dios, y esta se manifestará necesariamente en la deificación de sí mismo. Al observar el fenómeno religioso, Nietzsche descubrió con mirada certera el más individual de los anhelos: la voluntad de la más elevada apoteosis de sí mismo, el deseo del mayor éxtasis espiritual alcanzable. Este individualismo, que constituye el núcleo del fenómeno religioso, este “sublime egoísmo” que rebosa libre e ingenuamente  de todo lo religioso en tanto cree remitirse a una vida o poder divino otorgado desde fuera, fue devuelto en él, el “conocedor”, hacia sí mismo. Y de este modo logró apropiarse también en su interior de la ausencia de Dios a la que la razón lo obliga, extrayendo una conclusión apropiada: “Si existieran los dioses, ¡cómo iba a soportar yo no ser un Dios! Luego no existen los dioses.” (pág. 96)

El aniquilamiento es el todo. En lo más hondo del estado de ausencia, de necesidad, se encuentra intacta la potencia de crear sentido, de mi propio vacio, la soledad de ser. “Uno solo a mi lado es siempre demasiado para mí. (…) Uno y uno cada vez, ¡a la larga hacen dos!” . Esta cita de Nietzsche le permite introducir un segundo tema:

Su comportamiento frente a esta dualidad, cómo se defendía contra ella o cómo se le entregaba, y a la que buscaba siempre condiciona las transformaciones de su conocimiento tanto como la singularidad de sus diversos períodos espirituales, hasta que, finalmente, su dualidad acabo siendo para él una alucinación y una visión, una presencia corpórea que devastó su espíritu y asfixio su inteligencia. Pronto dejó de defenderse contra sí mismo: este fue el drama dionisíaco del “destino del alma” (pág. 97).

El resultado podría ser bien otro de los grandes episodios o idea-nudo: el eterno retorno de todas las cosas. Como introducción de lo que ella considera la pieza conclusiva del sistema nietzscheano, la autora afirma: “Del mismo modo que el sistema de Nietzsche, ya fuera en lo filosófico o en lo psicológico, exigía un rasgo fundamental ascético, también exigía su rasgo opuesto, la apoteosis de la vida; pues en ausencia de una creencia metafísica no quedaba otra cosa más que pudiera ser glorificada y divinizada que la vida misma, la que sufre y se halla plagada de dolor” (pag. 275). El pensamiento fundamental ya aparecía en La gaya ciencia (aforismo “La carga más pesada”), de forma clara, como si en obras posteriores hubiera ganado la inquietud ante expresar idea tan radical y monstruosa que expresar abiertamente aquello que “colmaba y excitaba su espíritu”.

Andreas-Salomé convertirá esta idea en una muestra de camino abierto para expresar una de sus grandes consecuencias: la enorme deificación del filósofo-creador. Esto podría significar: el fundamento ya no reside en el Dios ausente, muerto a manos de la Razón -de la cual no podemos prescindir, pues es nuestrainfinito sino que se repita sin cesar dentro de sus límites hace posible la construcción de un ser superior en cuyo interior el curso entero del mundo descansa y concluye” (pág. 287). razón-, sino en el poder de crear sentido, significado, que está en ese si-mismo que nos acompaña eternamente. “Pero solo en virtud de la doctrina del eterno retorno crece todo esto hasta alcanzar la proporción de una única figura gigantesca, pues únicamente la circunstancia de que el curso del mundo no sea

El sujeto cartesiano sufría un destino menos cruel. Su única certeza, “pienso”, surgía de la mayor aniquilación para un cognoscente: “si un Dios engañador se hubiera propuesto que errara hasta en lo más simple …”. El yo kantiano sólo se encuentra, ante la inmensidad del cielo estrellado, en lo más recóndito de su autoafirmación como sujeto moral, como quien puede decir “no” y rechazar incluso lo ineludible. O abrazarlo gozosamente. Entre estas señales avisadoras circula Nietzsche y las lleva más allá, hasta la absoluta recusación del saber y del querer, para superarlas, para que de la más radical penuria brote la fuerza incólume e imparable de lo que por ser dicho “Nada” lo es “todo”.



[1] Vid. René Descartes: Correspondencia con Isabel de Bohemia y otras cartas, Alba Editorial, Barcelona 1999, 280 págs., trad. de Mª Teresa Gallego, en concreto mi introducción: “La correspondencia filosófica como testimonio de una época”, págs. 9-22.

2007.07.19






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3/8/2008